lunes, mayo 4

El Alma Limeña

*Artículo de Raúl Porras Barrenechea 

Faltarían un capítulo y un atributo esencial de la ciudad si no habláramos del alma limeña. Hablar no más, ya que definir lo que es inaprehensible, sería empeño presuroso.


Algo hay, en efecto, de impalpable, pero de real, de desvanecido, pero presente, algo que bien pudiera ser la huella de los más culminantes momentos de su vida o acaso tan solo una sugestión histórica hallada en los libros, pero es lo cierto que, extraños y nativos, hallan en la fisonomía de la ciudad, en el ambiente de sus calles o de sus rincones antiguos, una como extraviada nostalgia. El pasado vive y persiste en Lima, y atrae con fuerza innegable. Todo en ella tiene una historia. El nombre de una calle, la inscripción de un muro o de un frontispicio, perpetúan un episodio, nimio o característico, conocido u olvidado, pero con un fondo de vida que se aferra, con ansias de no perecer, a algún último vestigio. Historiadores y cronistas han exaltado, extendido y pormenorizado ese culto por la leyenda de la ciudad, , al punto que ella constituye todavía su gala mejor y más genuina.

Pero, no solo en la tradición residió el atractivo y perdura el alma de Lima. En el carácter ligero y burlón de sus habitantes, en la fina gracia de sus mujeres, en el malicioso ingenio y la agudeza de los limeños, señalaron los viajeros la nota más típica y local de nuestra espiritualidad. Fuera redundancia insistir en el elogio de esa sal criolla que se derrocha en las calles y en los papeles, en los labios y en la pluma, y que hace que conversaciones y versos y periódicos trasciendan siempre un poco a epigrama. En la vida nacional aseguran que fue perniciosa esta irreflexibilidad limeña, ese "estar siempre de burlas", que condenara "el Discreto". En la literatura, esa traviesa disposición determinó, en cambio, la aparición de un género peculiar, espontáneo y risueño, al que se le ha dado el nombre de "criollismo", cuando es más bien limeñismo.

Añorando y riendo escribieron los más auténticos limeñistas, los intérpretes y los evocadores de la ciudad, aquellos por quienes ésta vive en la historia y en la literatura. El más glorioso de todos, el que unió en más sutil alianza tradición e ingenio, lo perdurable y lo efímero del alma limeña, fue Don Ricardo Palma. Se confunden de tal modo su picardía con la picardía de la ciudad, la tradición que él noveló con la historia auténtica, que no se sabe ya con fijeza si fue la ciudad la que lo forjó malicioso, o si él le ha prestado su endiablada travesura, si las tradiciones relatan sucesos que pasaron en Lima o si transcurrieron tan solo en el Virreinato de gracia de su fantasía. 


*Publicado en el Diario El Comercio el 18 de enero de 1977.