martes, agosto 31

El Fin de la Inquisición

La Inquisición fue abolida en todos los dominios españoles por las Cortes de Cádiz, el 22 de febrero de 1813, y la noticia como no podía ser de otra manera fue recibida con júbilo por la población limeña, que se lanzo a las calles a manifestar su rechazo a esta forma de tiranía religiosa. 

 Antigua Plaza de la Inquisición, hoy Plaza del Congreso

En Lima, aun bajo la dominación española, se encontraba gobernada por el Virrey Abascal, llegó la noticia poco después del veredicto de las Cortes de Cádiz, publicada en la Gaceta, y muchas personas se alegraron por la desactivación del “monstruo” como lo llamaban. Muchos fueron a ver el edificio de la Sala de la Inquisición y al ver las puertas abiertas y sin nade que la custodiara entraron e hicieron victima de su furia la mesa y sillas de la entrada que fueron rápidamente destrozadas.

Arrancaron cortinas y fue donde descubrieron que el crucifijo muchas veces invocado para solicitar la absolución o el castigo de algún acusado era movible: un hombre se escondía en la escalera, entre las cortinas e introduciendo sus manos a través de la cabeza de Cristo movía esta en forma de asentir o disentir. Cuantas personas perdieron la vida o sus propiedades por este juicio “santo”, e invadidos por el miedo de esta falsedad, nunca apelaron. La gente ahora exasperada de rabia tras este descubrimiento gritaba “investigación!” una y otra vez. La puerta que conducía al interior fue bruscamente destrozada. Y entraron a la llamada Sala del Secreto.

Esta conducía a los archivos. Aquí se hallaron os armarios llenos de papeles, conteniendo los expedientes de aquellos que habían sido acusados o juzgados y encontraron los nombres de muchos conocidos y aun de muchos de los que participaban en ese momento. Muchos de los que encontraron sus propios nombres allí cogieron los papeles y los guardaron en sus bolsillos. Se encontraron libros prohibidos en abundancia y muchos de ellos hallaron nuevos dueños.

También encontraron una gran cantidad de pañuelos de algodón impresos. Estos habían provocado el desagrado de la Inquisición porque tenían estampada una figura religiosa, levantando un cáliz en la mano y una cruz en la otra. Tal vez algún diligente comerciante las había mandado estampar como insignias devotas y pensó así tener muchos compradores, pero olvido que podían ser utilizadas para limpiarse la nariz o escupir sobre la cruz, incurriendo en herejía. Para prevenir tal crimen, el tribunal religioso había decomisado toda la mercadería al por mayor, omitiendo pagar su valor al propietario, quien pudo considerarse afortunado de no mudar su tienda a un calabozo en el interior de este edificio.

Saliendo de esta habitación, la gente entro a la sala de torturas, donde pudieron descubrir todos los ingenios y aparatos que solo una mente diabólica pudo crear. Maquinas para arrancar la lengua a los acusados, otros para fracturarle los huesos y mas allá cepos y en la pared aun colgados, látigos de todo tipo, que aun seguían endurecidos por la sangre seca que contenían. En un momento todos miraron hacia la puerta temerosos que se cerrara con ellos dentro. Al principio se pronunciaban maldiciones, al poco rato se cambiaron por insultos contra los inventores y practicantes de tales tormentos y bendijeron a las Cortes por haber abolido este tribunal de tanta tiranía.

Las paredes estaban adornadas con camisas de pelo de caballo, el cual no era una vestimenta tan cómoda después de una flagelación, también cuerdas con huesos humanos para amordazar y pinzas para arrancar la lengua a aquellos que se atrevían a cuestionar este tribunal. En una esquina se encontraba un caballo de madera, pintado de blanco: era destinado a servir como instrumento de tortura, al igual que la mayoría de aparatos encontrados, fue instantáneamente destrozado por los mas de cien personas que ya se encontraban dentro de local. Continuaron su recorrido, esta vez por las celdas: todas estaban abiertas y vacías, algunas eran pequeñas e incomodas, otras tenían un pequeño patio adyacente.

Hacia la noche habiendo examinado cada rincón de esta misteriosa prisión, muchos se retiraron llevando libros, papeles, azotes, aparatos de tortura, etc., muchos de los cuales fueron distribuidos en la puerta, particularmente varios de los pañuelos mencionados anteriormente. Al día siguiente, el arzobispado desde la catedral, declaro ex-comulgados a todos los participantes que habían tomado y retenido en su poder cualquier cosa que hubiera pertenecido al ex-tribunal de la Inquisición. Como consecuencia de esta declaración muchos devolvieron lo que tomaron.

Se dice que cuando Castel-Forte era Virrey de Lima, fue citado por la Inquisición, a la que acudió muy solícitamente. Llevo consigo hasta la puerta a su guardia personal, una compañía de infantería y dos piezas de artillería, entró y poniendo su reloj sobre la mesa, dijo a los inquisidores que si su asunto no era despachado en una hora, el edificio seria derribado, con el dentro, pues tales eran las ordenes que había dejado al oficial en la puerta. Esto fue suficiente para que los Inquisidores se levantaran y lo acompañaran hasta la puerta, muy felices cuando lo vieron alejarse con su escolta.

Fuente:
Wiliam Bennet Stevenson, Historical and descriptive narrative of twenty years residence in South America, Londres 1829, tomo XXVII Vol. 3 pag 146-154

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Con una historia tan monstruosa a sus espaldas la iglesia católica no pueda enarbolar ninguna bandera de autoridad moral sobre las cabezas de la humanidad.

Psicólogo Innovador y Asertivo dijo...

Por todo los horrores y errores que cometieron la Iglesia Católica en el mundo, propongo que deben ser devolver la riqueza que tienen su poder a los más necesitados en el mundo, en la actualidad.