martes, septiembre 1

Un curioso pleito de 1782 en la Alameda de los Descalzos

Imaginemos por un momento caminar hacia el distrito del Rímac pero a fines del siglo XVIII, cruzando el Puente de Piedra rumbo hacia la Alameda de los Descalzos, que por aquellos años se lucia con sus frondosos sauces y aun conservando algunos de los arreglos que se le había dado en el gobierno del Virrey Manuel Amat y Junyent unos años antes. Justo al frente del ingreso a la alameda, al final de la calle de Copacabana, se desató uno de los litigios urbanos más pintorescos e intensos de nuestra historia virreinal.

La protagonista no podía ser otra que la célebre Micaela Villegas, "La Perricholi", quien ya alejada de los escenarios teatrales, se consolidaba como una audaz e independiente mujer de negocios en la Lima de antaño, siendo la propietaria del célebre Molino de la Alameda El conflicto comenzó cuando Micaela decidió construir una habitación en la esquina de su propiedad para levantar un segundo piso coronado por un elegante balcón. Sin embargo, el Procurador General de la Ciudad, Don Antonio Álvarez de Ron, puso el grito en el cielo y ordenó paralizar de inmediato las obras, acusándola de "usurpar la calle" e invadir el espacio público de la Alameda.

Revisando el expediente original custodiado en el Archivo General de la Nación hemos rescatado cinco datos sumamente curiosos de este pleito que demuestran el carácter inquebrantable de Micaela y el sabor único de la justicia virreinal.

Folio del expediente sobre este caso custodiado por el Archivo General de la Nación

1. El "derecho al cielo" de una mujer de armas tomar

Al presentar su defensa ante el Cabildo, Micaela Villegas dejó en claro que no se dejaría amedrentar por el Procurador. Con una elocuencia y altivez dignas de las tablas que alguna vez dominó, plasmó en el expediente una frase memorable que resume su temperamento:

“Estoy en la firme inteligencia de que tengo libertad para levantar mi Edificio hasta el Cielo, y para hazer las palazianas ventanas y balcones...”

Para ella, dentro de los límites de su propiedad legítima, nadie -ni el mismísimo Cabildo-, tenía el derecho de recortarle la altura o la comodidad de su residencia.

2. ¡A buscar la verdad a punta de barreta!

Para determinar quién tenía la razón, los jueces comisionados por el Cabildo y los maestros alarifes (los arquitectos de la época) ordenaron una diligencia física en el lugar. En lugar de perderse en teorías jurídicas, tomaron una barreta de hierro y ordenaron excavar la tierra en varios puntos de la esquina en disputa. Al descubrir el subsuelo, la prueba física fue irrefutable: los cimientos desenterrados eran antiguos y preexistentes.

Micaela no estaba robando un solo centímetro a la calle, sino levantando sus nuevas paredes sobre las bases caídas de un antiguo muro.

Reproducción fotográfica de una imagen impresa del grabado de la antigua casa de Micaela Villegas, la Perricholi, frente a la Alameda de los Descalzos realizado por el viajero francés Max Radiguet. Se observa la fachada de una vivienda y un grupo de personas. (Archivo BNP Digital).

3. El ridículo mirador del cementerio

Para justificar su denuncia, el Procurador Álvarez de Ron alegaba que el nuevo balcón de Micaela "tapaba la hermosa perspectiva y verde" de los sauces de la Alameda. Durante la inspección de ojos o inspección presencial, el Procurador llevó a los jueces al mismísimo ingreso del cementerio de la iglesia de Copacabana para intentar demostrar que desde esa puerta el balcón obstruía visualmente los árboles.

Micaela, con notable sentido común, pidió a los jueces que abandonaran esa vereda tan inusual y se colocaran en el medio de la calle y cruzaran a la vereda de al frente, que era el verdadero camino público por donde transitaban carruajes y peatones. Desde allí, se comprobó que el balcón elevado no estorbaba en absoluto la hermosa visual del paseo.

4. El "chisme" vecinal que ayudó a Micaela

En medio de la tensa inspección judicial, ocurrió un momento digno de una comedia de enredos propio de la época. El propio Procurador General tuvo que confesar ante los presentes que, antes de la diligencia, se había dedicado a interrogar en privado a los "vecinos más viejos del barrio" esperando encontrar testimonios que acusaran a Micaela de usurpadora. Para su enorme sorpresa, todos los ancianos vecinos del lugar le respondieron lo mismo: que la estructura de Micaela respetaba exactamente el límite que siempre había existido allí.

Al Procurador no le quedó de otra que retractarse de su acusación de invasión en pleno acto público.

5. ¿Estorbaba más el balcón o las pirámides del puente?

Micaela no dudó en denunciar la doble moral de las quejas del Procurador. En su escrito, argumentó que si de obstaculizar el tránsito y la vista se trataba, las dos enormes pirámides de piedra colocadas en el Puente al frente del ingreso a la Alameda estorbaban muchísimo más.

Detalle de una pintura de Fernando Brambilla realizada en 1795 donde aparece la casa de Micaela Villegas y las "pirámides del puente" a la que se refiere en su alegato.

Detalló que aquellas pirámides sobresalían más de vara y media (1 metro 20 cm aproximadamente) de la pared del puente e interrumpían el paso de carruajes desde el suelo mientras que su balcón elevado quedaba suspendido limpiamente por encima de la altura de los sauces y cumplía con la regla de salir menos de una vara.

El desenlace de la historia

Finalmente, el 12 de diciembre de 1782, el Cabildo dictó sentencia a favor de "La Perricholi", devolviéndole la "facultad libre" para continuar con el segundo piso y la balconería. Aquel elegante balcón elevado, salvado gracias a la tenacidad de su dueña, terminó embelleciendo y coronando el ingreso a la Alameda de los Descalzos durante décadas, convirtiéndose en parte de la fisonomía de nuestra querida e inolvidable Lima virreinal.

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Fuente:
ARCHIVO HISTÓRICO AGN / FONDOS INSTITUCIONALES / CABILDO DE LIMA / HIGIENE Y ORNATO - CAJA 29: PE AGN 06.2-G1-CA-GC-4-29-12. De 1782-11-28