jueves, septiembre 10

El escandaloso caso de la carne oculta en la Lima de 1700

¿Se imaginan que comer un trozo de cabrito o de oveja fuera considerado en Lima un delito tan grave como para terminar con tus bienes embargados y tras las rejas de la cárcel pública? Aunque hoy nos parezca una locura, en la Lima de inicios del siglo XVIII, la venta de estas carnes estaba estrictamente regulada y, en muchos casos, prohibida por considerarse una amenaza letal para la salud pública.


Esta es la crónica de Juan Marcial y Gertrudis Mejía, un matrimonio de "regatones de carne" (vendedores minoristas) que desafió repetidamente a las autoridades virreinales montando mataderos clandestinos en el corazón de la ciudad. Entre patas de chivo escondidas en la sala, peritajes insólitos y una traición familiar digna de una telenovela, este caso lo tiene todo.

El misterio de las patas ocultas en la sala (1719)

Nuestra historia comienza el 16 de enero de 1719. El Alcalde Ordinario de Lima, el prestigioso doctor Don Juan Bautista de Palacios, recibió la alarmante denuncia de que en una vivienda de la Calle de la Acequia Alta -hoy cuadra 5 de jirón Caylloma-, funcionaba un "rastro" (matadero) clandestino.

Las autoridades irrumpieron de sorpresa en la propiedad. En el corral encontraron un botín ruidoso: 44 cabezas de ganado vivo, compuesto por 12 ovejas, un chivato y 31 carneros. Sin embargo, la pareja alegaba inocencia. El verdadero reto para los alguaciles era probar que allí ya se estaban realizando matanzas ilegales.

El camal clandestino de la calle Acequia Alta - Imagen IA

Fue entonces cuando la inspección se trasladó al interior de la vivienda. Al revisar detalladamente la sala de la casa, ocultos en un rincón oscuro entre un montón de restos de carneros legítimos, los oficiales descubrieron la prueba del delito: tres patas frescas de chivato recién sacrificado. La pareja las había escondido apresuradamente para evitar que los descubrieran violando las ordenanzas.

La "perito forense" de patas de cabrito

Encontrar las patas no era suficiente; la justicia virreinal exigía una prueba científica (para los estándares de la época) de que aquellas extremidades pertenecían efectivamente a un animal prohibido.
Para resolver el misterio, el tribunal citó a Espirita Feo, una vecina de 50 años y de oficio "regatona de carne". Bajo juramento y utilizando su vasta experiencia en los mercados de la ciudad, Espirita examinó minuciosamente las tres patas decomisadas. Su dictamen fue contundente: declaró con total certeza que, sin lugar a dudas, se trataba de patas de chivato.

Con este "peritaje forense" colonial, el caso quedó cerrado y los acusados fueron severamente amonestados bajo amenaza de graves sanciones si reincidían.

Espirita Feo, descubriendo las patas de chivato - Imagen IA

La carne "mortal" que aterrorizaba a la ciudad (1730)

Lejos de escarmentar, Gertrudis Mejía y su esposo guardaron silencio durante unos años, pero no abandonaron el negocio. El 8 de julio de 1730, once años después de su primera denuncia, las autoridades descubrieron que el matadero clandestino seguía operando, ahora en la Calle de San Jacinto -hoy cuadra 4 de jirón Quilca-, oculto en la casa de un vecino llamado Nicolás Palomino.

¿Por qué tanta insistencia en perseguir esta carne? El auto judicial de 1730 revela el pánico que causaba en las autoridades de la época. En los documentos oficiales se describe la carne de chivato como un alimento "dañoso y nocivo". Es más, los jueces de la Real Justicia estaban convencidos de que de su consumo clandestino y sin control sanitario "resultaba la muerte a muchas personas en esta ciudad". Consumir un cabrito en la Lima de entonces era visto casi como jugar a la ruleta rusa.

El giro dramático: Traicionado por su propio hijo

Cuando los ministros de justicia asaltaron el nuevo local en la Calle de San Jacinto, el panorama era dantesco: encontraron 7 chivatos vivos y 20 muertos, capturando con las manos en la masa a un ayudante indígena que realizaba la matanza clandestina por órdenes de los dueños.

Pero el golpe de gracia para el matrimonio no lo dio la justicia, sino su propia sangre. El testigo estrella de la acusación fue Domingo Marcial, de 25 años e hijo legítimo de la pareja. Lejos de encubrir a sus padres, Domingo declaró formalmente ante el juez. Confesó que su madre, Gertrudis Mejía, había recibido un lote de chivatos y le había ordenado directamente a él y a otros ayudantes que los sacrificaran en secreto en la casa de Palomino. Además, reveló que el plan de su madre era llevar esa carne clandestina para venderla camuflada en la Plaza Mayor donde funcionaba un mercado.

Vendedores en los portales de la Plaza Mayor - Pancho Fierro

El triste final del rastro clandestino

Ante la innegable reincidencia, la gravedad del peligro sanitario y, sobre todo, el testimonio condenatorio de su propio hijo, la Real Justicia no tuvo piedad. El Alcalde Ordinario ordenó de inmediato el mandamiento de prisión y el embargo absoluto de todos los bienes de Juan Marcial y Gertrudis Mejía. El Alguacil Mayor procedió a buscarlos para recluirlos en la cárcel pública de Lima, poniendo fin a años de desacato y comercio ilegal.

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Fuente: "Autos de oficio seguidos por Juan Bautista de Palacios, caballero de la Orden de Santiago, alcalde ordinario de Lima, contra Francisco Marrial y Gertrudis Mejía, su esposa, sobre venta ilícita de carne de oveja y chivato por ser dañina al público. Incluye declaraciones. Ante el Cabildo de Lima."