Achik Kuri es un cuento de ficción histórica ambientada en el valle de Lima en los meses inmediatos a la conquista española. Para su construcción se han empleado términos y referentes documentados del mundo andino, así como un sitio real cuya historia ofrece un anclaje notable para la trama. Escrito a propósito del 24 de junio, fecha especial cercana al solsticio de invierno en nuestro hemisferio sur y asociado a grandes fiestas en el pasado prehispánico. En la época virreinal corresponde la fecha a la celebración de San Juan Bautista cuyo templo se encuentra en las alturas del distrito del Rímac, lugar donde se sitúa la historia.
Achik Kuri en las pampas del amankay
El día amaneció oscuro y nublado, típico día en la costa por estas épocas del año. Achik Kuri y su familia se dirigían hacia la morada de su wanka, aquella entidad milagrosa que transformaba los días grises en días iluminados y dorados, y que desde semanas antes ya estaba rodeada por bellos amankays del color del creador.
A medida que iban subiendo por el camino tradicional, la vista del valle se ampliaba y se tornaba más hermosa. Al lado del camino, warmi yanuqkuna compartían chichas fermentadas días antes, que almacenaban en recipientes de arcilla; un compartir propicio para ese día de fiesta, la fiesta del creador.
Al llegar a la explanada donde se extendían los amankays, el lugar ya se encontraba lleno de peregrinos. Clanes familiares y viajeros que habían llegado para esta fecha especial brindaban su ofrenda, y los alrededores de la wanka —cuyo morro se elevaba y parecía mirar a todos los visitantes— estaban repletos de gente.
Sonidos de tambor y pututus creaban una atmósfera solemne en el lugar, que a los pocos minutos ya estaba completamente lleno de personas. Algunos cánticos y frases en quechua y aymara eran entonados por los asistentes. Y de pronto ocurrió el milagro: el poder de la wanka puesto de manifiesto.
El cielo oscuro y gris se desvaneció y dejó pasar primero unos rayos de sol, para luego, en pocos segundos, convertirse en un día completamente soleado, mientras el sonido de tambores, pututus y ocarinas se hacía más fuerte, y los cánticos y bailes de la gente llenaban la amplia explanada alrededor de la wanka, desde donde había una vista privilegiada del valle, sus canales de agua y sus caminos.
Luego llegaron sacerdotes de otras wankas y oráculos a rendir homenaje a la wanka que presidía aquel espacio. Para Achik Kuri, además, era un día especialmente significativo, pues era la fecha en que abrió los ojos a este mundo, y de allí su nombre: un predestinado llamado a liderar los destinos de su clan.
Cae la tarde y el dios creador se oculta; ya fue suficiente, y el cielo vuelve a teñirse de gris. Pero la felicidad y el agradecimiento ya se han instalado en los rostros de todos los asistentes, que se despiden con la promesa de seis meses más de prosperidad en sus cosechas.
Pero alguien vio algo distinto en esa ceremonia. La esposa de Achik Kuri, Urpillay, notó que detrás de la wanka un chorro de agua salía de una pequeña grieta. Al regresar, lo comentó con su marido, y él recordó una antigua profecía que sus abuelos le habían contado de niño: cuando la wanka solar llora, significa que tiempos oscuros se avecinan, y que nuevos curacas, jamás vistos antes, dominarán esa tierra.
La profecía se cumpliría siete meses después.
Valle de Lima, 24 de junio de 1534.
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NOTA:
La wanka del relato evoca, sin reproducirla literalmente, la roca sagrada de Amancaes, ubicada en el actual distrito del Rímac. Se trata de una formación rocosa de origen prehispánico —en cuyo entorno se han hallado fragmentos de cerámica de distintos periodos— que probablemente perteneció al ámbito del curacazgo de Taulichusco en las vísperas de la fundación de Lima. Tras la conquista, el lugar fue cristianizado: en una de sus concavidades centrales se veneró una imagen de la Virgen, y a finales del siglo XVI se erigió junto a la roca la capilla de San Juan Bautista de Amancaes. La tradición sitúa el origen de esta advocación en un milagro ocurrido el 2 de febrero de 1582, tras el cual se colocó la primera piedra de la capilla el 24 de junio de ese mismo año. Esta fecha, no una fiesta solar prehispánica documentada, es el verdadero origen histórico del vínculo entre el 24 de junio y Amancaes; la asociación se afianzó después por coincidir con la festividad católica de San Juan Bautista, fijada también en esa fecha por su cercanía simbólica al solsticio de invierno austral.
Existe además un dato singular que esta historia recoge de manera transfigurada: la roca de Amancaes es conocida popularmente como el "volcán de agua", debido a un sonido que se percibe al acercar el oído a la piedra, sobre todo en verano. La explicación científica remite a una corriente de aguas de manantial que corre bajo la formación rocosa y desemboca en la quebrada de Piedra Liza, y no a fenómeno volcánico alguno. En el cuento, el llanto de agua que brota de una grieta de la wanka —presagio de tiempos oscuros— se inspira libremente en este rasgo real del lugar, aunque el sentido profético que se le atribuye es enteramente invención del autor.
En cuanto a la floración del amancay y su fiesta asociada, la documentación disponible remite a la época colonial y republicana: paseos y cabalgatas a las lomas cada 24 de junio, en los siglos posteriores a la conquista. No se cuenta con una fuente que confirme una celebración prehispánica equivalente en esa fecha exacta, aunque la floración invernal del amancay es un fenómeno natural anterior a 1532, atestiguado ya en la cerámica e iconografía prehispánicas. La fiesta solar narrada en el relato es, por tanto, una extrapolación verosímil a partir de estos elementos.
Sobre el término wanka: se ha optado por su acepción más precisa —la piedra sagrada en que se materializa un ancestro o una divinidad—, antes que por el término genérico huaca, de uso corriente más amplio. La wanka del relato funciona como oráculo solar de carácter local, en escala menor pero análoga a la de santuarios mayores como Pachacámac.
Cualquier imprecisión remanente es responsabilidad del autor y queda abierta a la revisión de quien conozca con mayor profundidad las fuentes etnohistóricas del valle de Lima y la roca de Amancaes.
David Pino.
Ver también: Un ensayo sobre el 24 de junio


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